Hasegawa Tohaku (1539-1610)

sábado, 5 de septiembre de 2020

Akiko Yosano y los dolores de parto.

Una vez presencié un parto, y para mí, que soy hombre y nunca mi cuerpo estará en esa posición, comprendí la enorme soledad que atraviesan las mujeres en esa instancia. 

Solamente ellas saben lo que pasan allí, en una camilla de hospital, cuán a solas están. Sentí durante la llegada de mi hijo que yo, hombre, estaba en tierra extranjera en aquella sala de parto repleta de mujeres, un testigo allí que ayudaba torpemente sosteniendo el cuerpo pujante de la madre. 

Me llega durante la cuarentena un poema de 1911 de Akiko Yosano que, como mujer que atravesó un parto, parece decirme esto mismo, confirmar mi experiencia desde afuera.  

El poema comienza diciendo que “se siente enferma” sobre una camilla en la sala de parto, durante los primeros dolores, y ante un “destino inevitable”. Y que se siente sola, está “completamente sola / en el cielo y la tierra / con mis labios inmóviles y apretando los dientes”. 

“Una cosa es saber, y otra la realidad.” 

 Y a todos los demás les pide que se mantengan al margen, que sean simples espectadores. Y eso fui yo el día que nació mi hijo. Eso mismo sentí que era yo en ese momento tan crucial de mi propia vida, un mero espectador cuya única utilidad era sostener la espalda del ser dador de vida que pujaba. 


Primeros dolores de parto.


Me siento enferma,
mi cuerpo sufre, siente los dolores.
Abro los ojos en silencio,
estoy postrada sobre la camilla de la sala de parto.

¿Por qué yo -tanta veces,
a punto de morir-
tiemblo aterrorizada, dolorida,
sangrando, dando gritos?

Quiere tranquilizarme un joven médico,
y me habla del milagro, del gozo que supone dar a luz,
pero yo sé qué es esto, mucho mejor que él,
¡ah, que fácil parece ponerse en situación!

Una cosa es saber, y otra, la realidad.
La experiencia ya es algo que pasó.
Callaos, por favor, no digáis nada,
manteneos al margen, como meros espectadores.

Estoy completamente sola,
en el cielo, y en la tierra,
con mis labios inmóviles y apretando los dientes.
Espero mi destino inevitable.

Es la única verdad.
Debo traer un niño al mundo, dar a luz.
Deben abrirse mis entrañas
y no tengo derecho a decir "sí" o "no".

Con las primeras contracciones,
hasta el sol palidece,
y el mundo entero, frío, indiferente,
entra en extraña calma... y estoy sola.

(Trad. de Teresa Herrero y José María Bermejo.)






Akiko Yosano
(1878-1942)

sábado, 4 de mayo de 2013

Los tres Sirio


Sirio es el nombre de una constelación con forma canina, la "estrella perro", como la llama Graves en sus Mitos griegos. También es el título de la novela de Olaf Stapledon, Sirio, protagonizada por un perro sometido a experimentos que habla, reflexiona e interactúa como cualquier ser humano, y que se llama así, Sirio.

Sirio fue también el único nombre que el poeta Vicente Aleixandre dio a sus tres perros: Sirio I, Sirio II y Sirio III.

Las mascotas de los escritores suelen ser destinatarias de poemas, de cuentos o de libros enteros. A cada uno de estos tres canes homónimos que acompañaron a un mismo hombre, un poeta distinto le dedicó un poema: a Sirio I le escribió el mismo Aleixandre: A mi perro; a Sirio II le escribó un poema Claudio Rodríguez, Perro de Poeta; y a Sirio III Carlos Bousoño le dedicó el poema Perro Ladrador, que a continuación compartimos.

En "Retratos con nombre" Vicente Aleixandre publica este poema a su perro:

A MI PERRO (1)

Oh, sí, lo sé, buen Sirio, cuando me miras con tus grandes ojos [profundos.
Yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás
y en tu reino me mezclo contigo, buen Sirio, buen perro mío, y me [salvo contigo.
Aquí en tu reino de serenidad y silencio, donde la voz humana [nunca se oye,
converso en el oscurecer y entro profundamente en tu mediodía.
Tú me has conducido a tu habitación, donde existe el tiempo que [nunca se pone.
Un presente continuo preside nuestro diálogo, en el que el hablar [es el tuyo tan sólo.
Yo callo y mudo te contemplo, y me yergo y te miro. Oh, cuán [profundos ojos conocedores.
Pero no puedo dicerte nada, aunqué tu me comprendes... Oh, yo [te escucho.
Allí oigo tu ronco decir y saber desde el mismo centro infinito de [tu presente.
Tus largas orejas suavísimas, tu cuerpo de soberanía y de fuerza,
tu ruda pezuña peluda que toca la materia del mundo,
el arco de tu aparición y esos hondos ojos apaciguados 
donde la Creación jamás irrumpió con una sorpresa.
Allí, en tu cueva, en tu averno donde todo es cénit, te entendí, [aunque no pude hablarte.
Todo era fiesta en mi corazón, que saltaba en tu derredor, [mientras tú eras tu mirar entendiéndome.
Desde mi sucederse y mi consumirse te veo, un instante parado a [tu vera,
pretendiendo quedarme y reconocerme.
Pero yo pasé, transcurrí y tú, oh gran perro mío, persistes.
Residido en tu luz, inmóvil en tu seguridad, no pudiste más que [entenderme.
Y yo salí de tu cueva y descendí a mi alvéolo viajador y, al volver [la cabeza, en la linde
vi, no sé, algo como unos ojos misericordes.



 Vicente Aleixandre (sentado) junto a Julio Maruri, en el jardín de Velintonia 3, Madrid. Los acompaña Sirio. Por el hábito de Maruri, quien ingresó a la Órden del Carmelo en 1950-1951, deducimos de la foto que post-data esos años.


En Aleixandre se cumplía la ley de Proust: "el que no es bueno, no puede tener talento." (2) Vicente Aleixandre, de bondad expansiva, sumó a su genio un natural generoso y protector. Pertenecía a la, así llamada, Generación del 27' española (Federico García Lorca, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Manuel Altolaguirre, entre otros), pero no se limitó a trabar amistad con sus contemporáneos. Tan es así que la figura de Aleixandre destaca, nada menos que en el "Siglo de Plata" de la literatura española, como la de quien escucha, alienta, nuclea y publica a jóvenes poetas de sucesivas generaciones literarias (36', 40', 50', 70'). Una función vital para los demás, y también para él mismo: Aleixandre, de salud enfermiza, al rodearse de poetas más jóvenes se informaba sobre las nuevas corrientes y estilos.
 
Claudio Rodríguez es, probablemente, el mejor poeta de la Generación del 50' española. Como tantos otros poetas españoles, Rodríguez conoció, admiró y apreció el genio y la generosidad de Vicente Aleixandre. Por eso tal vez escribió, tiempo después, Perro de Poeta, dirigido a "Sirio II", el segundo perro de Vicente Aleixandre:


PERRO DE POETA (3)

A Sirio, que acompañó a Vicente Aleixandre

A ti, que acariciaste
el destello infinito del traje humano cuando 
dentro de él bulle el poema.
A ti, de rumboso bautizo,
que con azul saliva y lengua zalamera
lamiste frescos pulsos trémulos de altas bridas,
unas manos creadoras con mimo de sal siempre,
ahora que recuerdo
años de amistad limpia
te silbo. ¿Me conoces?
Fue hace seis años, cuando
mi cadena era de aire, como la que tu amo
te puso en el jardín. Os mirabais, pisabais
tú su región inmensa y sin murallas,
él tu reino sin huellas.
¿Quién era el servidor? ¿Quién era el amo?

Nadie lo sabrá nunca
pero el ver las miradas era alegre.
Un buen día, atizado por todas las golondrinas del mundo
hasta ponerlo al rojo,
callaste para aullar eterno aullido.
No ladraste a los niños ni a los pobres
sino a los malos poetas, cuyo tufo
olías desde lejos, fino rastreador.
Quizá fueron sus hijos
quienes en esa hora de juerga ruin, colgaron
de tu rabo,
de tu hondo corazón asustadizo
la ruidosa hojalata cruel e impresa
de sus vendidos padres. Fue lo mismo.
Callaste. Pero ahora
vuelvo a jugar contigo desde esta sucia niebla
con la que el aire limpio de nuestro Guadarrama
haría un sol de julio, junto con tus amigos,
viendo sobre tu lomo la mano leal, curtida,
y te silbo, y te hablo, y acaricio
tu pura casta, tu ofrecida vida
ya para siempre, Sirio, 
buen amigo del hombre
compañero del poeta, estrella que allá brillas
con encendidas fauces
en las que hoy meto al fin, sin miedo, entera,
esta mano mordida por tu recuerdo hermoso. 




Vicente Aleixandre, Claudio Rodríguez (joven y de pie), y el poeta del 40' José Hierro.


El excelente poeta Carlos Bousoño pertenece por edad a la Generación del 40'. Por la forma de escribir, dicen los que saben, Bousoño podría considerarse un poeta del 50'. Él es el tercer poeta que le cantó a un perro llamado Sirio, y es también quien cuenta y cierra esta historia de un un nombre, tres perros y tres poetas:
Mi pieza se denomina Perro Ladrador, pues "Sirio III" lo era. De estirpe plebeya y callejeril, a diferencia de los dos "Sirios" anteriores (...), el "Sirio" que me tocó en suerte lucía pelo negro y no resultaba excesivamente bello, aunque yo le quería mucho porque era muy cariñoso; le quería y al mismo tiempo me resultaba insoportable, pues cuando estábamos charlando en el jardín de Aleixandre (...), el perro, en cuanto veía moverse la sombra de un pájaro o de una rama, empezaba a ladrar, y no dejaba hablar a nadie. A veces pienso si no serían las sombras, si no otra cosa, lo que le incitaba. Tal vez le molestasen las conversaciones sobre poesía, pues se ponía especialmente frenético en cuanto se iniciaban" (4)

PERRO LADRADOR (5)

I

Al Norte, al Sur, al Este y al Oeste
ladras; pequeño ladrador de diminutas
invisibilidades, tercas delicias en el jardín amigo, alguna sombra
de un pájaro que pasa, alguna brizna
leve de hierba. Registras con meticuloso ladrido 
la pormenorizada realidad de las cosas, dulces trivialidades
que tú conoces y amas: el movimiento
imperceptible de una hoja
suave de acacia; un temblor solo,
su sombra nada más, y ya estás tu ladrándole a la vida,
aplicado hondametne a tu oficio,
serio, ronco, tenaz, desapacible
en la mañana luminosa, descuartizando el día,
troceando la luz indivisible, disponiendo
en brusca taracea el roto cántaro
de la dispersa claridad, que salpica y asalta,
como si fuese espuma en mar bravío, 
acantilados, torres, casas, muros,
y mis oídos siempre, dulce perro
sin paz, que no me dejas
vivir, y te adelantas
a anunciarme estruendoso a cada instante
la rendición altísima: en el cedro
un gorrión se ha posado y se movió en la rama
sabia-
mente.

 II

Pero otras veces, sin saber yo cómo,
te me quedas mirando con tus ojos
cariñosos, atentos
a un regresar de algo que no llega, y de pronto
me aúllas, aúllas a mi vida, el enorme vivir que de mí esperas,
río que fluye y no das lo que pides, lo que sin duda necesitas
ver venir desde lejos
para mí, junto a tí.

Ladras desesperada-
mente a las cuatro esquinas, a las cuatro estaciones,
a la luz, a la sombra, a la distancia,
ladras contra los árboles
del río, contra la peña gris y el remolino
que hacen allí las aguas,
las dulces aguas grises de tu amo,
el turbio y peligroso gris del hombre.
Y vuelves a ladrar contra la realidad entera de esas aguas,
acaso desbordadas, siempre inciertas,
pantanosas tal vez, oscuras, tenebrosas.

Ladras interminable
y te parece que el riesgo se disipa
si cubres incansable con tus ladridos protectores
el firmamento entero, el total mundo
sin que ningún resquicio abra al silencio
peligroso una entrada
sutil, por donde pase, 
con delicadeza,
el puro hilo, 
el soplo imperceptibele de lo que no se nombra.



 Rafael Morales, su mascota en brazos, Aleixandre y un joven Carlos Bousoño.



Notas:

(1) Aleixandre, Vicente. "Retratos con nombre", en Poesía y prosa. Edición de Leopoldo de Luis. Madrid: Bruguera, 1985, p. 321.
(2) Carta de Proust a Paul Morand. "Hommage a Marcel Proust", N. R. F. Así en nota del propio José Bianco en su ensayo "El Ángel de las Tinieblas" (Premio La Nación a Ensayo inédito, 1973), que puede encontrarse, por ejemplo, en Diario de escritores y otros ensayos. La Habana: Fondo Editorial Casa de las Américas. 2006, p. 187.
(3) Rodríguez Claudio. "El vuelo de la celebración", en Obras completas. Barcelona: Tusquets, 2001, p. 242.
(4) Carlos Bousoño, Reflexiones sobre mi poesía, citado en Oda en la ceniza y Las monedas contra la losa. Edición de Irma A. Emiliozzi. Madrid: Castalia, 1987, p. 239, nota.
(5) Carlos Bousoño, "Las monedas contra la losa", op. cit., p. 239.

sábado, 27 de abril de 2013

Arte de hablar solo

 
En esta entrada me tomo la libertad de recomendarles dos libros. El primero, “Poesía en la Canción Popular Latinoamericana”, un lúcido ensayo, escrito con fino sentido del humor, por el poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo. El segundo, un libro de poesía, "La realidad y el deseo", de Luis Cernuda.

El ágil ensayo de Agudelo, publicado en la valiosa Colección Sonora de Editorial Pre-Textos, recorre con meticulosa atención la historia y la estética de la canción popular latinoamericana, especialmente tangos y boleros. Damos en él con un precioso cancionero, repleto de datos singulares de cada canción o de sus autores, y con los vasos comunicantes entre la poesía a ser llamada culta, escrita para ser leída en soledad, y la poesía popular de las canciones que multiplicaron las radios de transistores. Sin prejuicio o dogmatismo alguno, a través de ejemplos concretos, conocidos por todos, Agudelo da con “el destello, el verso deslumbrante, la aguja entre el pajar” (1), achicando el recorrido entre la biblioteca y la radiodifusión.  
  
Agudelo nació en Santa Rosa de Osos, Colombia, en 1947; hoy vive en Bogotá.

Especialmente didáctica es la sección en la que Agudelo se aboca a los recursos retóricos del bolero y del tango: repetición, enumeración, juegos de preguntas y respuestas, entre otras marcas registradas de la canción popular, que describe y ejemplifica profusamente. Entre estas herramientas de la persuasión a las que recurre el poeta, Agudelo menciona el uso habitual de un recurso retórico sumamente eficaz: la afición de entablar conversación con las cosas. A esta manía de hablarle a los objetos Agudelo la llama, y también la llamaremos aquí: animismo delirante.

Pueden encontrarse los ejemplos más diversos de esta particular forma expresiva. En “Vereda tropical”, el mexicano Gonzalo Curiel increpa a una rambla y al mar porque la dejaron ir, como en la porteña “Caminito” en la Gabino Coria conversa con una calle. Roberto Cantoral en “El Reloj” le pide al artefacto que detenga su andar y así que nunca amanezca. El poeta de la canción le habla a la luna, le conversa al mar, tiene los más diversos amigos imaginarios.

En este afán, curioso arte de hablar solo, el poeta de la canción popular anima interlocutores de lo más intangibles, como los sentimientos incluso. Así la vanidad, la nostalgia, o la mismísima soledad, se convierten en interlocutores válidos. El productor y letrista argentino Dino Ramos, autor de maravillosas canciones como "Sabor a nada", "Soy lo prohibido", "Lo mismo que a usted", entre otras, escribió también "Hola soledad", caso severo de animismo delirante:

Hola, soledad,
no me extraña tu presencia,
casi siempre estás conmigo,
te saluda un viejo amigo,
este encuentro es uno más.
Hola soledad,
esta noche te esperaba
y aunque no te diga nada
es tan grande mi tristeza,
ya conoces mi dolor.

Y por eso hablo contigo
soledad, yo soy tu amigo,
ven que vamos a charlar.


Dino Ramos, letrista de Ramón "Palito" Ortega,
en la foto junto al cantante Raphael.

Leyendo de Luis Cernuda “La realidad y el deseo”, que reúne su imprescindible obra poética hasta 1935, y que es el segundo libro que quería aconsejarles, encontré un poema precioso, como casi todos los poemas de la antología, en la que el poeta español de la Generación del 27, al igual que Dino Ramos, echa mano del animismo delirante, arte de hablar solo, y decide conversar, también, con la soledad. Se trata de un bellísimo texto en el que el poeta narra su propia vida, paso a paso, desde su niñez bajo el yugo de un padre militar, hasta el momento en el que escribe, y en contemplación comprende que su única compañera fiel ha sido, precisamente, la soledad:
 
  
SOLILOQUIO DEL FARERO.

Como soñarte, soledad,
sino contigo misma…


De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
quieto en ángulo oscuro,
buscaba en ti, encendida guirnalda,
mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
y en ti los vislumbraba,
naturales y exactos, también libres y fieles,
a semejanza mía,
a semejanza tuya, eterna soledad.


Me perdí luego por la tierra injusta
como quien busca amigos o ignorados amantes;
diverso con el mundo,
fui luz serena y anhelo desbocado,
y en la lluvia sombría o en el sol evidente
quería una verdad que a ti te traicionase,
olvidando en mi afán
cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos
con nubes sobre nubes de otoño desbordado
la luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
te negué por bien poco;
por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
por quietas amistades de sillón y de gesto,
por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,
por los viejos placeres prohibidos
como los permitidos nauseabundos,
útiles solamente para el elegante salón susurrado,
en bocas de mentira y palabras de hielo.


Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
que yo fui,
que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
limpios de otro deseo,
el sol, mi dios, la noche rumorosa,
la lluvia, intimidad de siempre,
el bosque y su alentar pagano,
el mar, el mar como su nombre hermoso,
y sobre todos ellos,
cuerpo oscuro y esbelto,
te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
y tú me das fuerza y debilidad
como el ave cansada los brazos de la piedra.


Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones,
contemplo sus blancas caricias;
y erguido desde cuna vigilante
soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
por quienes vivo, aun cuando no los vea;
y así, lejos de ellos,
ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
roncas y violentas como el mar, mi morada,
puras ante la espera de una revolución ardiente
o rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tu, verdad solitaria,

transparente pasión, mi soledad de siempre,
eres inmenso abrazo;
el sol, el mar,
la oscuridad, la estepa,
el hombre y su deseo,
la airada muchedumbre,
¿qué son sino tu misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;

en ti, mi soledad, los amo ahora.


 Generación del 27: Vicente Aleixandre, Luis Cernuda y Federico García Lorca. 


Notas:

(1) Darío Jaramillo Agudelo, Poesía en la canción popular latinoamericana. Pre-Textos: Valencia, 2008, p. 23.
(2) Luis Cernuda, La realidad y el deseo. Madrid: Castalia, 1983, p. 189.

 



jueves, 29 de noviembre de 2012

Mahmud Darwix, poeta palestino



“Qué dones de vuestro Señor negaréis”

CORÁN 55, azora «El Misericordioso»,
que canta las bondades de la Creación


“[…] en este día machacado por las orugas de los tanques.
¿Quién contará nuestra historia?”

(Mahmud Darwix)

Resumen


Recorremos aquí el libro En presencia de la ausencia, autobiografía poética de Mahmud Darwix. Lo hacemos a partir de la trágica historia del pueblo palestino, seleccionando los pasajes más políticos, o bien, como propongo al final, proféticos. En especial, de la poesía política, nos detenemos en el exilio y la nostalgia. Dejamos de lado una lectura más universal, las hermosas páginas dedicadas al amor y al Arte Poética para adentrarnos, por primera vez en este blog, en el río donde confluyen poesía y política.



Aproximaciones I: lo árabe


Mahmud Darwix es, en primer lugar, un poeta árabe. Si detrás de cada piedra hay un inglés, quién mejor que Lawrence de Arabia para interrogarnos sobre lo árabe:

Una primera dificultad del movimiento árabe era la de poder decir quiénes eran los árabes. (…) Había un país llamado Arabia, pero esto nada tenía que ver con el asunto. Había una lengua llamada árabe; y allí estaba el meollo del asunto. Era la lengua habitualmente hablada en Siria, Palestina, Mesopotamia y gran parte de la península llamada Arábiga en el mapa.
    Antes de la conquista musulmana, estas áreas estaban habitadas por pueblos diversos, que hablaban lenguas emparentadas con el árabe. Solemos llamarlas semíticas, pero se trata (como ocurre con la mayor parte de los términos científicos) de una denominación incorrecta. No obstante, el árabe, el sirio, el babilonio, el fenicio, el hebreo, el arameo y el sirio eran lenguas emparentadas; y los indicios de influencias comunes en el paso, o incluso de su origen común, se han visto reforzados por nuestro conocimiento de que la apariencia y costumbres de los actuales pueblos árabe-hablantes de Asia, aunque tan variados como un campo cubierto de amapolas, mantienen una semejanza fundamental. Podríamos con entera propiedad denominarlos primos, unos primos tristemente conscientes de su parentesco.
(1)

Para Lawrence la lengua no es sólo el denominador común, la palabra es salvación, resistencia. Situado en el momento en el que los turcos pasan a dominar políticamente a los pueblos semitas de Asia, este inglés conocedor de los árabes hasta encabezar su rebelión, escribe sobre ellos:

[…] fueron siendo uncidos a su yugo, y quedaron sometidos a una lenta agonía. Sus bienes les fueron arrebatados; y su espíritu se apergaminó bajo el reseco soplo de un gobierno militar. El dominio turco fue un dominio policial […] La tenacidad semítica se manifestó en las múltiples rebeliones que tuvieron lugar en Siria, Mesopotamia y Arabia contra las crecientes formas de penetración turca, y se presentó no menor resistencia ante los más insidiosos intentos de absorción. Los árabes no estaban dispuestos a renunciar a su rica y flexible lengua a favor del rudo idioma turco; en vez de esto, infectaron el turco de palabras árabes, y conservaron los tesoros de su propia literatura.
    Perdieron su sentimiento geográfico y su memoria racial, política e histórica; pero se aferraron aún con mayor fuerza a su lengua, y la erigieron casi en su propia y real Patria. El primer deber de todo musulmán era estudiar el Corán, el libro sagrado del Islam, y casualmente el más grande monumento literario árabe. La idea de que esta religión les era propia, y que sólo su lengua les permitía comprenderla y practicarla con propiedad, dio a cada árabe un patrón con qué medir los fútiles logros de los turcos. 
(2)

Veremos que en Darwix se repite este patrón árabe apuntado por Lawrence: anclar la patria en la palabra. En presencia de la ausencia, es un tesoro de la memoria cultural palestina, un auténtico registro político-poético de otra guerra entre primos, la de los hebreos y los palestinos, cuyos misiles, hoy, hacen temblar nuestros corazones.

 

II.- Aproximaciones II: Al Nakba

En presencia de la ausencia, publicado en Beirut en 2006, es una magnífica y potente autobiografía donde lo personal y lo político son un todo inseparable: la guerra maduró al poeta “como agosto a las granadas en las laderas de los montes saqueados”. Más que una obra narrativa se trata de una continua y bella prosa poética, en cuyo título está contenido el sino existencial palestino tras al Nakba, «El Desastre», la «limpieza étnica de Palestina», 1948 (y continúa…)

Es notable lo poco que sabemos en Occidente sobre al Nakba, información que sí encontramos en el prólogo de Jorge Gimeno a esta edición española de Pre-Textos (2011):

Durante la primavera de 1948, los pueblos y aldeas de Palestina fueron sometidos a un plan sistemático de acoso y destrucción por parte de las milicias sionistas. Para el otoño, 531 habían desaparecido, arrasados o dinamitados. Birwa, el pueblo en el que en 1941 había nacido Mahmud Darwix, fue uno de ellos. Se hallaba a ocho kilómetros de San Juan de Acre, en las colinas que separan el Mediterráneo de la Galilea interior. La aldea fue tomada y destruida por las milicias israelíes y reemplazada por un kibutz y una moshav. El kibuts se llama Yasur. La moshav se llama Ahihud. Son los nombres que hoy constan en los mapas.
(3)

Mahmud Darwix había nacido en 1941, cuando Palestina (detrás de todo siempre hay un inglés) se encontraba bajo el mandato británico. Tenía siete años cuando las milicias sionistas destruyeron su aldea natal:

Te despiertan de tu edad y te dicen: Hazte mayor ahora mismo, con nosotros, a la edad de la tribu. Corre con nosotros, que no te coma el lobo. No hay tiempo de despedirse de nada caliente. Lo que te queda por dormir, déjalo junto a la ventana abierta, que te alcance cuando despierte con el azul del amanecer. […]

Sal con nosotros a esta noche inmisericorde. Ya aprenderás a ordenar los luceros en la alacena de la memoria, a restituir lo perdido a fuerza de nombrarlo, así te desquitarás. Pero no mires a las estrellas ahora, no sea que te rapten y te pierdas. Agárrate del vestido de tu madre… él te guía por la tierra que corre descalza bajo los pies, y no llores como tu hermano recién nacido, no sea que el llanto ponga a los soldados sobre aviso. (4)


Los habitantes de esas aldeas se convirtieron en desplazados. Algunos, como en el caso de Darwix y su familia, se refugiaron en los campamentos del Líbano, al menos al principio.

Guarda bien en tu memoria esta noche de dolor. Puede que un día tú seas el rapsoda, la rapsodia y el rapsodiado. No olvides este estrecho y sinuoso camino que te lleva y que tú llevas hacia la turbulencia de lo desconocido, y que ha de arrojaros, a ti y a los tuyos, en manos del equívoco.

Preguntas: ¿Qué significa “refugiado”?
Te dirán: Es aquel al que arrancan de la tierra de la patria.
Preguntas: ¿Y qué significa “patrias”?
Te dirán: Es la casa, la morera, el gallinero, las colmenas, el olor del pan, el primer cielo.
Y no te privas de preguntar: ¿En una palabra tan corta caben tantas cosas… y no cabemos nosotros? (5)


Concluirá Darwix, no sin sorna, mucho tiempo después: “Con una o dos matanzas, el nombre del país, de nuestro país, pasó a ser otro”. Se impuso el relato israelí, el mito hebreo: que la tierra vacía aguardaba, que la tierra era para el pueblo sin tierra.

 […] Y nosotros, los que no existíamos sobre la «tierra prometida», nos convertimos en el fantasma de la víctima, que perseguía a su asesino ya durmiera o velara o ni una cosa ni otra, a un asesino que no paraba quieto, atormentado por el insomnio, y que gritaba: «Pero, ¿es que aún no se han muerto?». Pues no… El fantasma alcanzó la edad del destete, de la madurez, de la resistencia y del retorno.  (6)

Al principio fueron considerados «infiltrados». Luego su estatus legal cambió a «presentes-ausentes»: están ahí, presentes, pero en cuanto a sus bienes raíces y derechos civiles, se encuentran legalmente ausentes. Desde el titulo de la autobiografía, y en el pensamiento de Darwix, este juego de presencia y ausencia es condición más que legal, existencial del palestino.




Aproximaciones III: El exilio

Darwix vivió exiliado. Su obra poética lo convirtió no sólo en un referente de la poesía árabe contemporánea, o en un testimonio del pueblo palestino, sino y sobre todo en un gran poeta de la identidad y del exilio, temas que trascienden lo árabe y nos muestran en Darwix a un poeta universal:

Todo «aquí» evidenciaba lo perdido, todo era una comparación lacerante entre el «aquí» presente y el «allí» pasado. Y lo más doloroso era que el «allí» estuviera tan cerca del «aquí»: una vecina a la que tenías prohibido visitar. No te queda sino mirar tu vida ahí, a un tiro de piedra, que unos emigrantes del Yemen prosiguen sin que tú quepas en ella: ellos son los dueños de la verdad divina, tú un refugiado inoportuno. (7)

Darwix vivió en Beirut, Túnez, Moscú, París. A Palestina regresaba con los sentidos, el asalto de un olor entre sobrevenidos hábitos:

En el exilio buscas tus rincones, el rincón de lo cotidiano, y escribes: El exilio no es una trampa / Podemos decir: En esta calle lateral tengo / la panadería / correos / la lavandería / el estanco / un rincón / un olor que me recuerda…

Las ciudades son un olor. Acre huele a yodo y especias. Haifa, a pino y sábanas arrugadas. Moscú, a vodka y hielo. El Cairo, a mango y jengibre. Beirut, a sol, mar, cigarrillos y limón. París, a pan recién hecho, queso y cosméticos. Damasco, a jazmín y frutos secos. Túnez, a nardos y sal. Rabat, a alheña, incienso y miel. Una ciudad sin olor no cuenta a la hora de los recuerdos. Los exilios comparten un olor, el de la nostalgia de lo que se fue… un olor que recuerda otro. Un olor que corta la respiración, tan profundo que te lleva, como un mapa turístico muy gastado, al olor del lugar primero. El olor es un recuerdo y una puesta de sol. Aquí el atardecer es un reproche que la belleza le hace al forastero.
(8)

Así el libro que comentamos contiene palabras del exilio que reflexionan sobre sí mismas. Que agradecen al exilio incluso. El proceso de escritura es reconstrucción, recomposición del sujeto que convive con su estado de presencia ausencia:

[…] En este ocaso, sólo las palabras están capacitadas para recomponer un tiempo y un lugar que se hicieron añicos, para dar nombre a unos dioses que, absortos en sus guerras de armas rudimentarias, nunca se ocuparon de ti. Las palabras son el material básico para construir la casa-verso. ¡Las palabras son una patria!

[…] Si el exilio te ha dolido pero no te ha matado, regresa a la cuna de la imaginación y mídete y equipárate con quienes velan para descifrar el misterio. El exilio, un malentendido entre la existencia y las fronteras […]

Más hacer público lo que se siente no es –como es sabido- uno de los atributos del exilio /

Lima, pues, la distancia con la pericia del profesional, no con la torpeza del amante confuso. La poesía del exilio no es lo que el exilio te dice, sino lo que tú le dices a él de tú a tú. El exilio abre su casa por igual a la disonancia y a la armonía. Hazte a ti de ti mismo. Y no olvides darle las gracias al exilio, sin reparos. Te alabaré, oh exilio, donde el encomio mejor hable de ti… Allí, bajo la morera que me cobije, en casa de mi madre, de paso en un otoño de paso. (9)


Hacer público lo que se siente no es un atributo del exilio, pero decir es, por la fuerza misma de las palabras, erigirse en guardián de una memoria, en espejo de otras víctimas que son reflejo, espíritu de un pueblo.

¿Por eso tu respuesta personal consistió en defender la memoria con la poesía? Escribiste un trasunto de biografía personal-colectiva, preguntándote: ¿Por qué has dejado solo al caballo? ¿Qué puede hacer el poeta ante la apisonadora de la historia salvo preservar los árboles de los viejos senderos y los manantiales visibles e invisibles? Y cuidar de la lengua para que no se empobrezca ni merme la capacidad metafórica que la distingue, para que no prescinda de las voces de las víctimas que piden ser parte de los recuerdos futuros, en una tierra en la que la lucha prosigue más allá de la fuerza de las armas: en la fuerza de las palabras. (10)




Aproximaciones IV: La nostalgia.

Una constante de la poesía del exilio: la nostalgia. El tema es abordado por Darwix con lúcida naturalidad:

Pero no se siente la nostalgia de un dolor, de un temor o de un entierro. La nostalgia es memoria selectiva de la belleza del paisaje, es reparar las ventanas desvencijadas antes de que se caigan a la calle. La nostalgia es la exacción del exiliado, es sentir vergüenza de que le gusten la música y los jardines del exilio… Sentir nostalgia significa que, aquí, nada te alegre salvo sobrevivir.
[…]
(11)

El proceso de ordenación de la memoria que produce la nostalgia, las diversas manifestaciones del sentimiento, son parte de un relato ordenado y al mismo tiempo, positivo. Aunque con efectos secundarios, el sentimiento de nostalgia actúa de manera positiva, en el sentido de la recomposición, de la reconstrucción de uno y de la patria por la palabra:

Así, la nostalgia siempre nace de un acontecimiento hermoso, no de las heridas. La nostalgia no son los recuerdos, sino lo que uno selecciona del museo de la memoria. La nostalgia elige y replanta, como un jardinero hábil, los recuerdos limpios de hojas marchitas. La nostalgia tiene efectos secundarios: mirar demasiado hacia atrás, pecar de exceso de confianza, querer el presente mejor en pasado, hasta en el amor. […] (12)

Entre 1982 y 1994, Darwix, que se había exiliado en París, pasó períodos en Túnez. Allí se había instalado la OLP tras la salida forzada del Líbano. “En 1994 el mando palestino, encabezado por Arafat, regresó a Gaza en el marco de los Acuerdos de Oslo, que se iniciaban Copn la autonomía conocida como «Gaza y Jericó primero». Darwix, crítico con los Acuerdos, decidió no regresar, políticamente hablando.” (13):

Entre irse entonces y venir ahora media tanto tiempo que te ha permitido despojarte de la melancolía del exilio. […] Te estabas despidiendo de los que marchaban al patio trasero del país… de los que abandonaban el universo de los mitos para meterse en la estrecha cápsula de la realidad. […] Regresar, regresar sin himnos ni banderas al viento. Casi como infiltrados, por el agujero de un muro. Casi como celebrando entrar por la puerta grande de, llamemos a las cosas por su nombre, una cárcel, el caos patrio. Migrantes […] (14)

Además, reflexionará Darwix, una vez en (la que ya no es) Palestina, ¿acabaría o comenzaría la nostalgia?:

¿El viaje acababa o comenzaba? ¿El que retornaba se aproximaba al lugar o el lugar se alejaba de como era en su imaginación? Quien retorna ya mayor, es presa de las comparaciones y de la perplejidad de preferir lo imaginado a lo real. Quien ha nacido en el exilio, entre descripciones de cómo el allí es siempre mejor, puede que sufra una gran decepción ante un paraíso fabricado con palabras que le han calado muy hondo y con las que ha construido una imagen idílica que a duras penas reconoce. El que retorna ha heredado la memoria de unas gentes que temían que él olvidara, algo por lo que habían apostado los otros… y ha heredado la memoria de los himnos obstinados en glorificar el folclore y el rifle, convertidos en identidad desde que lejos de la tierra de la patrio… nació la patria. La patria nació en el exilio. El edén nació del averno de la ausencia.
(15)

Sabemos que años después, ya “símbolo del espíritu nacional palestino” el poeta regresó a Haifa, a su Galilea, con un permiso extendido por dos días por el Estado de Israel, para ver a su madre y visitar la tumba de su padre. Este regreso tiene palabras escritas con nostalgia:

No hay rastro de Birwa a la derecha de la carretera que viene de Nazaret, salvo su imagen en tu mente, que amurcan unas vacas que mastican y rumian el pasto de tus recuerdos. Te habías dicho: Pasaré por ella al atardecer, para conservar en la imaginación una imagen borrosa, como salida de dentro de las piedras, propia de quien es forastero. Y También: Pasaré al atardecer, para conservar en la imaginación una imagen borrosa, como salida de dentro de las piedras, propia de quien es forastero. Y también: Pasaré al atardecer para que nadie, salvo yo, me vea buscando a Birwa en lo que se me amputó, y en vano entonaré las alabanzas de rigor, en las que la imaginación zurce la frágil belleza del lugar. Y aun te dijiste: Pasaré por Birwa al atardecer para que en mis entrañas concuerden forma y sentido y para confesarle:

Ese soy yo, y éste es él.

Éste es el niño, el pillo / pillo antes y pillo ahora, hijo de tu agua y de tu fuego / De ti vine y de la nada, de uno de tus antiguos poemas vine / Vine de la imaginación / para devolverte a ella y grabar tu nombre / en las rocas como los viejos rapsodas / […]
(17)




Aproximaciones V: palabras como patria

Darwix pasó tiempo en la "densa" cárcel, "ese lugar inflexible con el tiempo", fue militante del partido comunista, editor de la revista Al-Karmel, dirigente de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) “y redactor, en 1988, de la Declaración de la Independencia Palestina, que él mismo terminó por considerar una farsa. ‘¿Qué argucia legal o lingüística puede formular un tratado de paz y buena vecindad entre un carcelero y su preso?’, se pregunta.” (18)

Como el ruso Pasternak y el griego Seferis, el palestino Darwix muestra cómo un poeta puede ser llevado por su angustia espiritual a examinar problemas mucho más amplios que su ombligo, sobrentendidos en la obra, explícitos en algunas ocasiones, y expresamente dejados de lado en otras, y que es cuando a veces Palestina corre paralelo a Darwix. En lo que a poesía política respecta, estamos ante sus cimas: la palabra alcanza una función sanadora, recomponedora. En una entrevista el propio Darwix afirmaba:

Yo considero la poesía una medicina espiritual. Puedo crear con palabras lo que no encuentro en la realidad. Es una tremenda ilusión, pero positiva: no tengo otra herramienta con la que buscarle un sentido a mi vida o la vida de mi nación. Tengo el poder de otorgarles belleza por medio de las palabras y plasmar un mundo bello y también expresar su situación. Una vez dije que yo construyo con palabras una patria para mi nación y para mí (19)

Como para Lawrence, la lengua es una patria. En una tradición que privilegia el vínculo, la palabra es realidad, presencia. Este proceso es descripto por Gimeno con estas palabras:

En el plano poético, la consideración de que la tierra es madre fue la primera fase de esa poiesis (creación, construcción, lo que se hace, lo hecho). Si la colonización sumía a los palestinos en el no ser, el vínculo poiético con la madre se lo devolvía, tanto en el exilio como en el Interior. Esta visión tuvo un largo recorrido en las letras palestinas, brillantemente encarnada en la poesía de Rachid Huséin o en la narrativa de Gasán Kanafani. La segunda fase, grosso modo, culmina con el desarrollo por parte de Darwix de la noción de presencia-ausencia. Hacer de la ausencia física y jurídica del individuo poiesis, esto es, realidad de la presencia, fue tarea de Darwix (…) (20)

La poiesis palestino-darwixiana comienza con la visión de la tierra como madre, y luego descansa en el concepto de ausencia, la lógica del destino individual y la realidad misma

que le permite al desposeído vivir su vida en presencia de sí misma y la creación de una identidad nueva, de decurso, lejos del fatum y del fas (ley divina), pero que no excluye ni el retorno ni la exigencia de justicia. (21)

El escritor sabe que hay otras víctimas, otros palestinos. De allí a que la palabra no dude nunca, hay un sólo paso. Darwix escribe para cuidar la lengua, para “defender la memoria con la poesía”, para que sean "estremecedoras" las voces de las víctimas. Nuevamente Gimeno:

Si el problema de todo poeta (sobre todo occidental) es el de saber si se dirige a alguien y no sólo a la Palabra, si su producto / artesanía guarda alguna relación honorable con la inclinación del eje del Globo, eso es algo que a la víctima de la ausencia no se le plantea. Sabe que hay otras víctimas, en este tiempo y en otros lugares, víctimas de otras presencias teológicas, económicas. Ha entrado en la dimensión humana del hombre. Mantiene su relación con el reino de las cosas. Y por tanto no duda. No de la utilidad de la poesía. (22)

Estamos ante un poeta con fe en la poesía, en la fuerza y la resistencia de las palabras. A diferencia de otros exiliados representativos, en general con tendencia al verso sufriente, Darwix recupera en la lengua el gozo de la identidad palestina:

Si te preguntan por la fuerza de la poesía, di: La hierba no es tan frágil como parece. No se rompe, hunde su sombra nimia en el seno de la tierra. El musgo de las piedras es la imagen perfecta del allende que no se manifiesta a bombo y platillo. La hierba es una profecía espontánea que no tiene más profeta que su color, antítesis del desierto. La hierba salva al viajero de la fealdad del paisaje y de un ejército que bloquea el camino a lo posible. La hierba es poesía que fluye del impulso, el gozo de lo simple, la sencillez del gozo. La lengua que se allega al significado, el significado que casa con la hospitalidad de la esperanza.
(23)

Darwix es un poeta de la fe, con voz de viejo rapsoda y oraciones panegíricas. Es un poeta con esperanza. Siendo que  la “mejor poesía de los hebreos fue escrita por sus profetas, que eran dirigentes políticos y religiosos y considerados, tanto por ellos mismos como por los demás, como portavoces del celoso dios nacional” (24), es notable que en Darwix, su primo palestino, encontremos ese mismo tono profético:

Siempre que te alejes, te acercarás / y siempre que te maten, vivirás / pero no te pienses muerto allí / y vivo aquí /  Nada demuestra esto o aquello sino el tropo / El tropo que enseña a los seres a jugar con las palabras / El tropo que hace de la sombra geografía / El tropo que ha de reunirte con tu nombre / Levántate y los tuyos contigo / más alto y más lejos de lo que a ti y a mí nos destinaron las leyendas / Escribe tú mismo la historia de los de tu índole / desde que el mar te insufló ritmo y respiración / hasta que a mí regresaste vivo / Pues aquí estás ante mí amortajado / como una rima trunca que frena la carrera de mi texto hacia ti / Yo soy agente y paciente de la elegía / Seme para que yo te sea / Ponte en pie para que cargue contigo / Acércate a mí para que te conozca / Aléjate de mí para que te reconozca.
(25)


 Mahmud Darwix
(Birwa, Palestina, 1941 -  Houston, EE.UU., 2008)



Notas:
(1)    T. E. Shaw, Los siete pilares de la sabiduría. Trad. de Alberto Cardín. Navarra: Zeta, 2006. p. 38)
(2)    T. E. Shaw, Los siete pilares de la sabiduría,  p. 53.
(3)    Gimeno, Jorge. “Prólogo”. En Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Valencia: Pre-Textos, 2011, pp. 9-10.
(4)    En Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez Garcia. Valencia: Pre-Textos, 2011, p. 50
(5)    Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez Garcia, p. 53.
(6)    Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez Garcia, p. 83.
(7)    Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez Garcia, p. 60.
(8)    Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez Garcia, p. 80
(9)    Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez Garcia, p. 102
(10)     Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez Garcia, p. 156
(11)     Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez Garcia, p.133
(12)     Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez Garcia, p.136
(13)     Luz Gómez Garcia. En Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Nota al Pie Nro. 15, p. 151.
(14)     Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez Garcia, p. 154
(15)     Ibidem.
(16)     Entrevista del 25 de julio de 2008 por Dalia Karpel, publicada en el excelente blog de Mahmud Darwix, de su traductora Luz Gómez García: mahmuddarwix.blogspot.com
(17)    Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez Garcia, pp. 173-174
(18)     En Benjamín Prado. “En el infierno Rilke se lee al revés”. En El País. Cultura.
(19)    Entrevista de Dalia Karpel, ya señalada en (16)
(20)    Gimeno, Jorge. “Prólogo”. En Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Valencia: Pre-Textos, 2011, p. 11
(21)    Gimeno, Jorge. “Prólogo”. En Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Valencia: Pre-Textos, 2011, p. 14
(22)     Gimeno, Jorge. “Prólogo”. En Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Valencia: Pre-Textos, 2011, p. 14
(23)     Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez García, p. 165
(24)     Bowra, C. M., “Profetas y videntes”, en Poesía y política. Buenos Aires: Losada, p. 55.
(25)     Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Trad. de Luz Gómez García, p. 29.

lunes, 15 de octubre de 2012

Los sapos de Eugenio Montejo



"Las familias poéticas no siempre coinciden
con las fronteras geográficas."
(Eugenio Montejo)


Eugenio Montejo, diplomático, ensayista y poeta venezolano, nació en Caracas un 19 de octubre de 1938. Cumpliría, por estos días, 74 años, y en su homenaje en este bosque croan sus sapos. Cumpliría los años, pero el cáncer no le dejó llegar a los 70. Montejo murió el 5 de junio de 2008, y con él se fue, y esto no dicho sólo por mí, una de las mayores voces poéticas del siglo XX.

En la entrada anterior nos visitó la poesía oriental del poeta peruano José Watanabe, 10 años menor que Montejo, y que muriera un año antes que el venezolano. Ambos poetas, Watanabe y Montejo, para algunos de la generación latinoamericana del "medio siglo" (1), puede que pertenezcan a una misma familia poética. Ambos parecen haber recorrido las mismas huellas, las de Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, y la que trazó la generación española del 27 (Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, entre otros poetas de esa maravillosa generación).

Montejo no creía en la geografía de la poesía, sino en el peso de la época, en un tiempo común de los poetas. En una entrevista Montejo afirma: "Es una idea de Yeats, que decía que uno pertenece más a un tiempo que a su país. Uno sintoniza más con sus contemporáneos que con sus paisanos o con sus coetáneos. Yo tengo menos que ver con un venezolano del siglo pasado que con alguien de otro país pero con las preocupaciones de hoy. Las familias poéticas no siempre coinciden con las fronteras geográficas."

Así describía Montejo a su familia poética: "Digamos que yo trabajo en la tradición de la lengua (concisión, síntesis verbal). En esa línea que partiendo de Manrique atraviesa Quevedo y Fray Luis, y llega a Vallejo. Además, trato de sintonizar la entonación americana como la percibo en Carlos Pellicer, Eliseo Diego o Álvaro Mutis. Y en la poesía brasileña. Ahora que se habla tanto de Cernuda, nosotros leímos a la generación del 27 en paralelo con la del 22 en Brasil: Drumond de Andrade, Casiano Ricardo, Cecilia Meireles."

Así, al igual que Watanabe, alejado de experimentalismos vanguardistas, con una tácita reivindicación clasicista, sus libros de poesía: Élegos (1968), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1976), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982). Una selección de estos cinco libros más el poemario de 1986 que dio título al volumen están recogidos en la antología Alfabeto del mundo (Fondo de Cultura Económica, México, 1988, reeditada y ampliada en 2005 por Pre-Textos). De 1997 data su libro de poemas Adiós al siglo XX (Renacimiento). En 1999 publicó en Pre-Textos (¿el mejor catálogo en lengua española?, no tengo dudas) Partitura de la Cigarra, en 2002 Papiros amorosos y en 2006 su último libro, Fabula del escriba, al que pertenecen los poemas de Montejo que aquí transcribimos.

Su obra es "una constante celebración de la existencia en fusión con la naturaleza, de ahí esa idea de terredad, título de uno de sus libros clave, ese intento, no siempre fácil, de utilización de los pájaros, las piedras, los árboles, como sustancia misma de las palabras, del lenguaje, de crear así un alfabeto del mundo, denominación de otro de sus libros." (4) Y como parte de ese entorno natural recreado por la lengua, "verdadera piel del hombre", Montejo le canta a los sapos. Con su croar lo recordamos, le oímos cantar en este bosque de pinos.




EL SOL EN TODO


Notas preliminares:
el primer sapo es Caracas, el calor caribe, la fruta podrida, lugar para detalles como: “el rencor de los malos matrimonios”, “el color sin color de la miseria”. Para Montejo además, Caracas no era “un lugar sino un sentimiento”. En “Caracas en el azul de enero”, la ciudad es el escenario para el recuerdo de sus padres fallecidos: y en torno al ruido remoto de un tranvía / donde mis padres paseaban una tarde. / Los dos a bordo en un viaje sin horas / sobre los rieles paralelos del paisaje / allá lejos, fuera del tiempo y del espacio .(6) Caracas, capital de un “país caluroso”: donde la rosa tiene forma de sapo / y es un cúmulo de pétalos que croan / con su cáliz carnívoro al acecho (7).

El trópico y sus horas de calor,
el sol sobre las cosas día tras día,
y el rencor de los malos matrimonios.
Se oye un sapo a la sombra en todo esto
que no se ve porque no hay sombra,
sino luz recta y piedras refractarias.
El calor de las horas emerge con su lava
de pantanos volcánicos.
Hay silbatos de barcos en el polvo sin puerto,
un salobre espejismo sin espumas,
el acre aroma de frutas descompuestas
y el color sin color de la miseria.

- ¿Qué más, qué menos, cuál sopor no dicho,
cuál nieve inalcanzable en densos copos
cayendo siempre como blancos sapos,
en las noches más tórridas y amargas?
... Y cuanto no se tuvo ni ha de tenerse nunca,
lo que perdimos antes de este mundo,
el calor con su tedio y su postedio
y la tierra que gira para otros
y tanto sol en todo, hasta de noche,
y el rencor de los malos matrimonios.

 


MÁSCARAS DE ORFEO

Notas preliminares: el segundo sapo es cósmico y tiene ascendencia griega. En Fábula del Escriba son varias las apariciones helénicas: el homérico Ulises (8), el historiador Tucídides (9), el filósofo Heráclito (10) y el Logos, asociado eso sí al padre de Montejo y a Toth, dios egipcio de la sabiduría (11). Aquí el mito es Orfeo, de Tracia, “el poeta y músico más famoso de todos los tiempos. Apolo le regaló una lira y las Musas le enseñaron a tocarla de tal modo que no sólo encantaba a las fieras, sino que además hacía que los árboles y las rocas se movieran de sus lugares para seguir el sonido de su música.” El ir de una vida a la otra del poema que transcribimos, guarda relación con los descensos audaces de Orfeo al Tártaro, con la esperanza de recuperar a Eurídice la primera vez: “a su llegada, no sólo encantó al barquero Caronte, el perro Cerbero y los tres Jueces de los Muertos con su música melancólica, sino que además suspendió por el momento las torturas de los condenados”. Adorador de Apolo, el sol, Padre de Todos, al que saludaba todas las mañanas, Orfeo públicamente manifestó “lo pernicioso que era el homicidio en los sacrificios” dionisíacos. Las promiscuas Ménades de Deyo, a encargo de Dionisio, mataron y desmembraron a Orfeo. “Las Musas, llorando, recogieron sus miembros y los enterraron (…) donde hoy día los ruiseñores cantan más armoniosamente que en ninguna otra parte del mundo.” La Lira de Orfeo, tras nadar a la deriva, fue guardada en un templo de Apolo, “por cuya intercesión y la de las Musas fue colocada en el cielo como una constelación” (12)

Quizá me vuelva Orfeo después de tanto,
al cabo de los siglos y milenios
y mil metamorfosis.
El mismo bardo y mago que fue y vino
de esta vida a la otra, tantas veces,
por tenebrosos laberintos.

Quizá me vuelva Orfeo alguna tarde
y al cielo abierto encarne su destino,
el que propaga el canto de la tierra,
aunque su lira duerma bajo el agua,
ya náufraga en el fondo
y para siempre inalcanzable.

Quizá me vuelva Orfeo definitivo,
inconfundible con cualquiera de mis máscaras:
de gallo, pájaro o cigarra,
aunque prefiera ahora la de sapo
frente a la oscuridad y su pantano,
un sapo cósmico que engulle estrellas muy distantes.
El que aprendió su jazz en el infierno,
el cantor trágico de Tracia,
este que croa aquí debajo de los astros
y chapotea a gusto en agua y lodo
y afina y desafina mezclando el tiempo y el espacio. 

 
“APUNTES DE JORGE SILVESTRE”

Notas preliminares. Los dos sapos que finalizan esta entrada dedicada a la poesía y la memoria de Eugenio Montejo, aparecen debajo de la leyenda “Apuntes de Jorge Silvestre”. Como Pessoa y más como Machado, como los colombianos de la generación del “medio siglo” Darío Jaramillo Agudelo y Jaime Jaramillo Escobar, Montejo muchas veces utilizó heterónimos. Publicó poesía infantil con el seudónimo de Eduardo Polo, pretendió reformar la lengua castellana a través de la figura extravagante de Blas Coll (El cuaderno de Blas Coll; Pre-Textos, 2007), y así a través de estos y otros heterónimos (Tomás Linden, Lino Cervantes, Sergio Sandoval y Jorge Silvestre), a partir de estas máscaras, el poeta incluyó en su obra aquello que un Montejo a nombre propio hubiese apartado, o simplemente no hubiese escrito nunca. A continuación un sapo que es comido por una culebra, por los “colmillos internos”, ¿la enfermedad que lo roía? Y en el poema que le sigue otro sapo que se recuerda, a sí mismo, la importancia de la gratitud ante la vida.


SAPOS DE UN VERSO A OTRO
(Fragmentos)

(…)

Ya llegó de su noche la culebra,
la bífida Parca.
Ya el sapo se llena del aire que puede,
está inflando su cuerpo, aterrado,
inflándose al máximo ahora,
a ver si se salva.

Ya los colmillos internos le punzan la piel
y le sacan el aire,
ya cabe en las fauces.

El sapo tragado que cantan en el fondo sin fondo
donde lo guarda la culebra,
el sapo que canta sin canto,
con un son de veneno en su oscuro palacio.

(…)

Para sí mismo nunca croa el sapo,
si fuese por él se callaría.

No ha salido a pulir la luna de esta noche
ni a contemplarse en el reflejo de su brillo,
jamás fue tan narciso.

Canta, si es canto su insistencia,
cuando no puede más, cuando el enigma
se vuelve canto ante sus ojos
y la noche le pesa demasiado.
Canta contra la luna y su fulgor carnívoro
que le sorbe la sangre
y lo vuelve más fláccido.
Pero no trata nunca de escucharse
ni se detiene a ponderar sus tonos,
jamás fue tan narciso.

(…)

¿De qué pantano es este sapo?
¿De dónde llega ahora y aquí enfrente
se rasura la barba?
¿Y en qué lugar lo he visto un día
con su paso tenaz, salto tras salto,
hasta asumir aquí mi propio rostro
para mirarme?

¿De qué pantano de mí mismo
en este instante se aparece
con su mirada sin culpa, pero culpable,
con esos ojos de vieja miopía
que han perdido las gafas?

No tiene yo ni tú ni él,
no tiene nombre ni pronombre,
sólo la gramática del charco,
pero sigue detrás del azogue, mirándome,
hasta hacerse la misma pregunta
con iguales palabras:
-¿De qué pantano es este sapo,
que al otro lado de mi espejo
se rasura la barba?






 
A UN SAPO MUY DESAFINADO
(Al modo de Tomás Linden)

Más oído al croar, sapo, en tu charca
y, si puedes, finura,
que aunque el pantano crezca no autoriza
ni licencias tonales ni atonales.

También el azulejo allá en lo alto
del árbol y los aires,
abatir puede su armonía
y silbar oro falso.

Sin embargo, no cede... Y con las alas
hastiadas ya de vuelo y con el hambre
que trajo este verano,
en loor de la tierra dice el sueño
de su especie en un canto.

Más limpidez, batracio: un son armónico
que con tu sombra salte.
Y, sobre todo, gratitud
en cada uno de tus actos:
- por esta luz, a las estrellas,
y por la vida y sus enigmas,
al Gran Todo, que no es visible nunca,
ni se parece a nada.



 Eugenio Montejo
(1938 - 2008)


Notas:

(1)  Javier Lostalé. Publicado en ABC el sábado 7 de junio de 2008, p. 65, en http://www.pre-textos.com/detallenoticia.asp?id=32  [Consulta: 14 octubre 2012]
(2) Entrevista, en: http://elpais.com/diario/2002/06/22/babelia/1024703430_850215.html [Consulta: 14 octubre 2012]
(3) Ibidem.
(4) Javier Lostále. Conf. Nota 1
(5) Conf. “Atención a la vida”, en Montejo, Eugenio. Fábula del escriba. Pre-Textos: Valencia, 2006, p. 25.
(6) Montejo, Eugenio. op. cit, p. 21.
(7) Conf. “Hablo y deshablo”, en Montejo, op. cit., p. 31
(8) Conf. “Fábula del escriba”, en Montejo, op. cit., p. 18.
(9) Conf. “La lluvia afuera”, en Montejo, op. cit., p. 24
 (10) Conf. “Los mirlos en Berlín”, en Montejo, op. cit., p. 37
(11) Conf. “Pavana Filial”, en Montejo, op. cit., p. 51
(12) Todas las citas relativas a Orfeo en Graves, Robert. Los mitos griegos. Madrid: Alianza, 1998, T. 1, 28, pp. 135-137.


miércoles, 21 de diciembre de 2011

La poesía oriental de José Watanabe


(Importante aclaración previa: en esta entrada agrupo otras dos que, en entregas sucesivas -la primera entrega, aquí; la segunda entrega, aquí- realizó Pequeños Universos, blog sobre filosofía y práctica del Aikido, agrupadas bajo otro título: "José Watanabe, poeta nikkei peruano", que modifico para su lectura integrada.) 

"Dicen que Hokusai compraba pájaros para liberarlos.
También Leonardo
pero midiéndoles el impulso y el rumbo."
                                                                                                      José Watanabe Varas

I. Introducción:

El haiku es, en términos formales, una composición poética compuesta por tres versos de cinco, siete y cinco unidades métricas, respectivamente. Ese primer acercamiento no basta, sin embargo, para asir otro elemento que integra el haiku y que, en general, puede rastrearse en toda la poesía oriental: su espíritu reflexivo, o bien: sugestivo, como bien lo explica aquí Pequeños Universos. 

La conmovedora obra del excelente poeta peruano José Watanabe, y esta es la tesis hoy, está edificada sobre ese mismo espíritu reflexivo, sugestivo, paradójicamente silencioso, que anima el haiku y la poesía oriental. Para dar muestra de esto recorreremos, primero, la presencia de composiciones poéticas con la forma precisa del haiku (tres versos de cinco, siete y cinco sílabas) dentro de la obra de Watanabe. En el siguiente apartado, Watanabe nos cuenta, a través de su poesía y una carta que tiene a una hija suya como destinataria, qué rasgos típicamente japonenes lo componen. Finalmente, transcribo diversos poemas de temática propiamente oriental, como un jardín japonés, un maestro de Kung Fu, o "Los Amantes" de Hokusai.

No espere el lector desprevenido, al ir a la obra de Watanabe, dar con un poeta oriental, desvinculado de su cotidianeidad peruana. El poeta, novelista y ensayista colombiano Darío Jaramillo Agudelo nos brinda una mirada abarcadora: “Universos poéticos de Watanabe. Enumero bajo el riesgo, que admito, de las omisiones: la geografía de su pueblo, la familia: la madre, el padre, los hermanos, las hermanas que circulan por estos versos como sus habitantes más propios. El cuerpo, el propio cuerpo, el cuerpo del amor, el cuerpo de la muerte. La partes del cuerpo, la cabeza, las manos, los ojos, las orejas, la boca, las partes dentro del cuerpo, como la sangre. Las funciones del cuerpo, la digestión, la deyección, la locomoción, la visión, la copulación. El yo y el cuerpo, el cuerpo de los otros.” (1) También los tres reinos de la naturaleza son nombrados: animales, ranitas, piedras, mundo vegetal. Arquitectura, caminos. El ejercicio de glosar escenas evangélicas, o tragedias griegas. Las huellas de Borges en unos poemas dedicados al mito de Asterión. Hasta la poesía en sí misma es considerada.
 
José Watanabe se instala, además, dentro de una tradición hispánica de poesía contemplativa, que tiene cimas en Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, y sobre todo en la tercera etapa poética de Vicente Aleixandre. Nutridos por su entorno inmediato, son también poemas ricos en elementos latinoamericanos. Tal vez sea correcto decir que une, entonces, dos mundos, el hispanoamericano y el oriental. Aquí perseguimos un rastro ancestral, una “vocación de silencio” que tiene su reflejo en la palabra austera, un refrenamiento que conduce al “tono sin sobresaltos” de la maravillosa obra poética de José Watanabe (2).

En Laredo(Perú), el niño sentado es Watanabe

Además de sobresaliente poeta, José Watanabe fue director artístico y escenógrafo, guionista de cine (Maruja en el infierno -1983-, La ciudad y los perros -1985- y Alias, la Gringa -1994-) y televisión, y poeta. Sabemos, también, que estudió arquitectura, y que sentía devoción por la pintura. Su primer poemario, Álbum de familia (Premio joven del Perú), data de 1971, lo cual le valió quedar dentro de la generación del 70’. Esto no lo define sin embargo: su “otro realismo” poético, el de las cosas cotidianas, su rigurosa transparencia en el lenguaje, muestra un universo auténtico, único, que difícilmente cabe dentro de ese mote. Esperó 18 años para volver a publicar, hasta 1989, año en el que apareció El huso de la palabra. En 1994 edita Historia Natural y en 1999 Cosas del cuerpo. Del año 2000 es la brillante versión libre de la tragedia Antígona, de Sófocles. Su libro subsiguiente, Habitó entre nosotros, del año 2002, que mencionáramos junto a “Razón de las parábolas”, aparece dedicado a la memoria de su padre. En 2005 por primera vez Pre-Textos publica un libro suyo, La piedra alada, al que le seguirá el último libro editado en vida por el autor, Banderas detrás de la Niebla, de 2006. José Watanabe falleció en abril de 2007, y al año siguiente Pre-Textos reunió su obra en Poesía completa, con poemas inéditos al final de la edición, entre ellos, un breve guión escrito en clave poética. A continuación, su rastro más oriental. 

II. Espíritu de Haiku  

El haiku, en general, encuentra al poeta de cara a la naturaleza, y utiliza comúnmente breves narraciones o parábolas. El mismo Watanabe nos dice qué es una parábola en un poema de Habitó entre nosotros, poemario de la vida y muerte de Jesús de Nazaret:

Razón de las parábolas 

La Palabra
siendo como es, divina, se pronuncia
con lengua de hombres,
lengua efímera pero tocada
por una gracia: la parábola
aquella pequeña historia
que guarda una serena ansia: ser de todos.
(…)
Olvidé otra ansia de la parábola:
durar. Recordadas sean por siempre
todas
porque todas son una, La Palabra,
que por ahora soy yo.” (3)

En su búsqueda de lo universal, el espíritu de haiku es “realidad esencial anterior al lenguaje (…) por eso su forma es generalmente un sintagma nominal sumamente breve, y si incluye algún verbo, éste aparece desposeído de flexiones temporales y personales. La forma lingüística original del haiku en japonés aún permite expresar la no dualidad entre sujeto y objeto. La experiencia del haiku es total y absoluta, aquí y ahora. No soy “yo” el que se asombra de la belleza de la luna, y después plasmo “mi” asombro en un poema.” (4)

La poesía de Watanabe es otro caso, o el mismo transfigurado. Muchos de sus poemas no son formalmente un haiku, pero tienen espíritu de haiku.
 
Harumi, las piernas cruzadas, con amigos en Japón
El padre de Watanabe, Don Harumi (5), fue un inmigrante japonés en el Perú del siglo pasado, que trajo libros en su valija, y que traducía a un José Watanabe niño (“sin ninguna intención educativa” como decía el propio José) poemas de Basho entre “pleito de pollos y patos de corral”. Watanabe padre trabajó, en un principio, cortando caña de azúcar, y luego en el campo donde conoció a la serrana “Señora Coneja” (6),  madre del poeta. José nació en Laredo, Trujillo, en 1946. “Mis cinco hermanos mayores, una vez terminada la escuela primaria, se incorporaron a la mano de obra de la hacienda. Pero un día mi padre compró un huachito de la lotería de Lima y Callao, y se sacó un premio. Gracias a eso me envió a estudiar al Colegio Nacional San Juan de Trujillo, el colegio en que enseñó César Vallejo, quien tuvo allí como alumno a Ciro Alegría”. (7)
 
Para Darío Jaramillo Agudelo, nuevamente arrojando luz, la poesía de Watanabe es predominante descriptiva, “deliberadamente visual”. Pero más que una mirada del mundo, damos con un estado contemplativo: “La parca precisión de Watanabe, la fidelidad del verbo con la contemplación, el laconismo del poeta que escribe solamente las palabras que necesita para contarnos la fisura de la realidad que sólo él ha visto, para decirla sin dramatismo (…), sin desbordarse nunca.” (8) Así, Watanabe mantiene un “tono sin sobresaltos [en el que] parece conversando, a veces, con él mismo, con nadie más, tan sólo susurro íntimo. No hay estridencia, no hay excesos”. (9) Así es poesía “austera, directa, precisa”. (10)

Volviendo a la relación entre haiku y Watanabe, o mejor, al espíritu de haiku en la obra de Watanabe, dice Jaramillo Agudelo: “Acaso ese estado contemplativo, esa austeridad de quien sólo usa del lenguaje las precisas palabras, acaso todo eso (más su conocimiento de la materia añadido a su ascendencia paterna del Japón), acaso todo eso, digo, conducen a asociar a Watanabe con el haiku. Con mucha frecuencia la palabra haiku aparece cuando se habla de José Watanabe. Vale la pena aclarar que en este poeta la presencia del haiku es más bien virtual. Watanabe no es un autor de haikus pero sí está inmerso en su espíritu.” (11)

Formalmente hablando, sólo hay dos haikus en la obra de Watanabe. Al final de “Imitación de Matsuo Basho” (12), tras cuatro párrafos de prosa poética José Watanabe escribe:

“A veces pienso en cabalgar nuevamente hasta esa posada para colgar en su puerta estos versos:

En la cima del risco
retozan el cabrío y su cabra.
Abajo, el abismo.

El segundo, en “Casa joven con dos muertos” (13), José Watanabe cita un haiku de Morikate:

Cae un pétalo de la flor
y de nuevo sube a la rama.
Ah, es una mariposa. 

Otros poemas de Watanabe, si bien no son haikus, en su espíritu y brevedad resultan muy similares a ese tipo de composición poética, algo así como un haiku en verso libre, si esto fuera posible. Voy a poner dos poemas suyos, ambos de su libro Banderas detrás de la niebla, como ejemplos. El primero (14) lleva por título, justamente, el nombre de quien es considerado el mayor poeta de haikus de la historia:

Basho 

El estanque antiguo,
ninguna rana.
El poeta escribe con su bastón en la superficie.
Hace cuatro siglos que tiembla el agua.

El otro ejemplo (15), tal vez el poema más citado de Watanabe, propio de esa línea poética suya que afronta con naturalidad tanto al destino final del cuerpo como al cuerpo vivo en sí (16), es aún más breve que un haiku:

Orgasmo

¿Me dejará la muerte
gritar
como ahora?

Viendo estos “haikus en verso libre”, creados originalmente en castellano, confirmo que no tiene sentido forzar las traducciones de haikus a tres versos con cinco, siete y cinco sílabas. Esto es lo que parece haber pensado el mismo Watanabe en Mi ojo tiene sus razones (17), en el que menciona un antiguo haiku saliéndose del corsé de la forma, con un segundo verso que es, en verdad, un octosílabo:

Entre la niebla
Toco el esfumado bote.
Luego me embarco.

De igual modo, el epígrafe de su libro Historia Natural es un haiku de Kobayashi Issa (18), que aparece traducido del japonés en tres versos de seis, ocho y cinco unidades métricas:

Regreso a mi pueblo:
todo lo que encuentro y toco
se vuelve zarza.

Como breve digresión, sobre el oficio de traducir haikus en sí, en una entrevista Watanabe afirma: “Al traducir el haiku a otra lengua, como el español, estamos pensando demasiado metafóricamente, no podemos evitar la metáfora. Hay hermosos poemas, pero no son haikus. Borges, por ejemplo, escribió haikus pero no los confundió con metáforas”. (17) A los haikus de Borges a los que hace referencia Watanabe los publicó Pequeños Universos aquí.

Volviendo a esto de tener espíritu de haiku, quisiera citar dos poemas, un haiku de Basho y un poema de Watanabe, ambos ante la experiencia de una tormenta eléctrica. Si bien el poema del peruano dista de ser un haiku, se me antoja encontrarlos espiritualmente similares:

Admirable aquél
que ante un relámpago
no dice: ¡la vida huye!

(Basho)

La Tormenta
  
En la cerrazón de la tormenta
sólo veía tus espaldas como sombra
en el centro de la pequeña canoa.
Sabía que te protegía de la lluvia
una vieja capucha azul.
El aburrido ruido del motor
no nos alejaba del inmenso hervidero
en que se había convertido el lago.
La tormenta
nos había puesto en la mano de un dios enfurecido.
Pero casi estábamos dichosos cuando un relámpago
iluminó los grandes árboles de la orilla del lago
y vimos ramas de oro y plata instantáneos.
Entonces volteaste y alargaste tu mano hacia mí:
también te dio miedo la súbita oferta de fulgurar
y desaparecer.

(José Watanabe) (20) 


III. Identidad Nikkei

En una carta que aparece en la referencia como escrita a su hija Issa, publicada bajo el título “Elogio del Refrenamiento” (21), Watanabe se interroga sobre la identidad Nikkei: “algo, o «alguito», de japonés hay en la composición de nuestra personalidad. Sin embargo, siempre me pregunto hasta qué punto esta herencia puede permitirnos hablar de una identidad de grupo. Hay ciertos elementos obvios que podrían convencernos de la existencia de esa identidad, desde nuestros rasgos físicos hasta la promocionada cocina nikkei. Nuestros rasgos, tiempo más, tiempo menos, terminarán como debe ser: disueltos en el paisaje mestizo de nuestro país. Y posiblemente la celebrada cocina, con su exotismo más, y otras prácticas similares se conviertan pronto en anécdota. ¿Qué hay de más profundo? ¿Qué herencia todavía está viva en nuestra subjetividad y determina nuestra conducta? ¬ me pregunto a veces, y confieso que siempre termino confundido, como debe ser ante tamañas preguntas.”

A José Watanabe le pasaba que, en ocasiones, notaba “con cierta claridad” ser descendiente de japonés: “sucede en situaciones críticas, y me sorprendo porque siento que algo profundo viene y cambia el rumbo de mis reacciones previsibles. Mi normal tendencia al desánimo, por ejemplo, se hace temple inusual. No es una petulante apelación al estereotipo de japonés imperturbable ante la adversidad; es una íntima presión que me señala una responsabilidad: sé como tu padre.” Una de esas situaciones críticas tuvo lugar en 1986, en un hospital de Alemania. Watanabe, ante un diagnótico grave, “con la infinita tentación de descomponerme y tirarme al piso a llorar”, sintió esa presión ancestral, y el refrenamiento le hizo ver su miedo como una impureza (22):

La impureza

Otra vez despiertas con el cuerpo poco, bien poco.
Otra vez tu vida oscila en el monitor cardíaco
pero más en tu miedo.
Ya no es la hipocondría. Ya te saltó el verdadero animalito.
Mas no patetices. Eres hijo de. No dramatices.
¡Mira que tu miedo es la única impureza en este cuarto ascéptico!
¿O nunca conseguiré ser hijo de?
El japonés
se acabó «picado por el cáncer más bravo que las águilas»,
sin dinero para morfina, pero con qué elegancia, escuchando
con qué elegancia
las notas
mesuradas primero y luego como mil precipitándose
del kotó
de La Hora Radial de la Colonia Japonesa.
(…)”

Esta impasibilidad ante la muerte es, para Watanabe, parte de la identidad Nikkei. “Esta conducta «elegante» (estoica, debí escribir) ante una situación límite compuso desde muy antiguo el modo de ser de nuestros padres. Ellos crecieron escuchando historias de samuráis que luego nos repitieron. Las enseñanzas implícitas en los argumentos casi siempre abundaban en la dignidad ante las situaciones extremas y, especialmente, ante la muerte. Abrevio aquí una de esas historias que mi padre contaba a la luz de un lamparín: dos samuráis acostumbraban combatir juntos para defenderse mutuamente las espaldas. Un día, uno de ellos fue flechado en un ojo por los arqueros del bando contrario. El herido se dejó caer cerca de un árbol mientras su compañero dejaba de combatir para auxiliarlo. Este intentó poner su zapatilla en el lado sano del rostro de su amigo para fijarlo y tirar de la flecha. El herido lo detuvo con sus últimas fuerzas, y le dijo: «Nadie, ni tú, mi honorable amigo, podrá poner su zapatilla en mi cara». Enseguida le pidió que lo ayudara a recostarse en el árbol para esperar, con majestad, la muerte.”

De esta manera, la reflexión de Watanabe sobre el ser Nikkei ingresa al territorio del Bushido, más precisamente, a la ética de una muerte digna reflejada en la correcta posición del cadáver. Para el poeta peruano el Bushido influyó, también, en la conducta de la sociedad civil japonesa, como lo reflejan su poesía y su dramaturgia. Del S. XVIII, por ejemplo, es la siguiente cita de Chikamatsu, que él refiere: «Cantar los versos con la voz preñada de lágrimas, no es mi estilo. Considero que el pathos es enteramente una cuestión de refrenamiento. Cuando todas las partes de un drama están controladas por el refrenamiento, el efecto es más conmovedor».

En el núcleo de su elogio al refrenamiento, José Watanabe escribe para su hija estas palabras centrales: “Creo que el refrenamiento, la contención, es el aspecto que más aprecié de mi padre, el que más me impresionaba. Mis hermanos y yo terminamos por controlar nuestras expansiones ante él. Nunca nos lo pidió, pero de alguna manera supimos que él siempre esperaba de nosotros un comportamiento más discreto, más recogido de maneras. Era una forma de represión, sí, pero no castrante, sino para estar más cerca del orden natural. La naturaleza, aún cuando es violenta, no hace aspavientos. Cuando somos aspaventosos estamos haciendo comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos, que son naturales, todos.”

Este refrenamiento es una característica esencial de la obra de Watanabe, y tal vez también entonces parte del espíritu del haiku. Sólo por poner un ejemplo de refrenamiento en la obra de Watanabe, de su Bushido, quisiera incluir en este apartado el siguiente poema (23):

Última noticia

Esta es tu última noticia, cuerpo:
una radiografía de tus pulmones, brumas
inquietantes, manchas de musgo sobre la nieve sucia. 
La tierra espera que algún día
todos los órganos, como los perros, la husmeen
buscando la yerba benéfica. Tus pulmones,
entre hojas sedosas,
lucirán sanos y tersos como recién nacidos
y concertarán con un joven buey
el ritmo amplio de tu respiración. Al fondo
habrá un cielo luminoso y ninguna sombra,
sobre todo ninguna sombra aciaga. 


IV. Tres poemas orientales

Si alguien intentara una antología de poemas orientales escritos originalmente en castellano no debería omitir los tres poemas de José Watanabe que transcribo a continuación. Lo hago en último término, además, para que vayan siendo del propio Watanabe las palabras finales de esta entrada en su nombre, su recuerdo, su homenaje. 

 El Maestro de Kung Fu

Un cuerpo viejo pero trabajado para la pelea
madruga y danza
frente a los arenales de Barranco.

Se mueve como dibujando
una rúbrica antigua, con esa gracia, y
sin embargo, está hiriendo, buscando el punto
de muerte
de su enemigo, el aire no, un invisible
de mil años.

Su enemigo ataca con movimientos de animales
agresivos
y el maestro los replica
en su carne: tigre, águila o serpiente van sucediéndose
en la infinita coreografía
de evitamientos y desplantes.

Ninguno vence nunca, ni él ni él,
y mañana volverán a enfrentarse.
-Usted ha supuesto que yo creo a mi adversario
cuando danzo- me dice el maestro.
Y niega, muy chino, y sólo dice: – él me hace danzar a mí
.  (4)



Jardín Japonés

La piedra
entre la blanca arena rastrillada
no fue traída por la violenta naturaleza.
Fue escogida por el espíritu
de un hombre callado
y colocada,
no en el centro del jardín,
sino desplazada hacia el Este
también por su espíritu. 
No más alta que tu rodilla,
la piedra te pide silencio. Hay tanto ruido
de palabras gesticulantes y arrogantes
que pugnan por representar
sin majestad
las equivocaciones del mundo. 
Tú mira la piedra y aprende: ella
con humildad y discreción,
en la luz flotante de la tarde,
representa
una montaña. (25)



(A José Watanabe, ya lo hemos dicho, le gustaba la pintura. En su obra poética son mencionados Magritte, Modigliani, Chagall, Goya y Edward Munch, además de Ansel Adams y George Segal, que también eran artistas gráficos. En su último libro, Watanabe incluyó el siguiente poema sobre un grabado erótico de Hokusai) 

Los amantes

Abundantes ropas envuelven a los amantes,
sólo un hombro o un muslo están desnudos como pulpas
de luz
y los sexos en su quieta fiereza.
 Si el acoplamiento es inmóvil, las sedas de las ropas
no dejan de ondular. Las telas,
delicadamente estampadas
con menudas flores de una primavera geométrica,
se deslizan por toda la esterilla, avanzando
y acumulándose en pliegues breves y rápidos. 
Si la luz de la carne es blanca,
las sedas fluyen como un río de varia coloración, un río
que se desprende del cuerpo de los amantes
que, cerrados al mundo, ignoran
cómo se agitan esas pequeñas flores rojas. (26)



José Watanabe, 1946-2007
 

Notas:

(1) Jaramillo Agudelo, Darío. “Prólogo”. En José Watanabe. Poesía Completa. Valencia: Editorial Pre-Textos, 2008, –en adelante: JW-PC), p. 21.
(2) Las palabras entrecomilladas también en Jaramillo Agudello, Darío. “Prólogo”. JW-PC, pp. 9 y l4 respectivamente.
(3) “Razón de las parábolas”, del libro Habitó entre nosotros. Conf. JW-PC., p. 311.
(4) Francisco F. Villalba, “Introducción”. En Matsuo Basho. Haiku de las cuatro estaciones. Madrid: Miraguano Ed., 1983, p. VIII. Unos párrafos antes el mismo autor nos dice:  “Lo más importante en el haiku no es lo que se dice sino lo que no dice. Por eso el haiku no nos comunica nada a nivel simbólico sino que más bien despierta en nosotros una consciencia trans-simbólica, imposible de definir. En el haiku no hay comunicación conceptual, ya que no pretende comunicarnos un mensaje simbólico. (…) Pero la fuerza del haiku no reside solamente en lo que no dice, sino en la intensa relación que mantiene lo dicho con lo no-dicho, lo expresado con lo no-expresado, lo visible con lo invisible.”
(5) El apodo aparece en “Este olor, su otro”, del libro Historia Natural: “El perejil anunciaba a mi padre, Don Harumi, / esperando su sopa frugal. / Gracias de este país: / un japonés que no perdonaba / ¡la ausencia en la mesa de ese secreto local de cocina!” (JW-PC., p. 162.)
(6) Este otro apodo aparece en “Responso ante el cadáver de mi madre”, del libro Banderas detrás de la niebla, JW-PC., p. 393. Señora Coneja tuvo once hijos.
(7) Todos los comillados de este párrafo por José Watanabe. Entrevista. Fuente: http://www.caretas.com.pe/2000/1619/articulos/nikeis.phtml
(8) Jaramillo Agudelo, Darío. “Prólogo.” JW-PC., pp. 10 y 12.
(9) Jaramillo Agudelo, op. cit., p. 14
(10) Jaramillo Agudelo, op. cit., p. 16
(11) Jaramillo Agudelo, op. cit., p. 14. Las negritas son mías.
(12) “Imitación de Matsuo Basho” apareció en El huso de la palabra, JW-PC., p. 64
(13) “Casa joven con dos muertos” apareció en Historia Natural, JW-PC., p. 168
(14) “Basho” apareció en Banderas detrás de la niebla, JW-PC., p. 413.
(15) “Orgasmo” Apareció en Banderas detrás de la niebla, JW-PC., p. 400.
(16) Conf., Jaramillo Agudello, Darío, “Prólogo”, JW-PC., p. 17.
(17) “Mis ojo tiene sus razones” apareció en El huso de la palabra, JW-PC., p. 59
(18) Epígrafe, en Historia Natural, PC, p. 123. Este haiku es retomado en El cauce vacío: “En verano, / según ley de aguas, el río Vichanzao no viene a los cañaverales. / (…) / Aquí en el cause queda fluyendo una brisa, un río / invisible / (…) / Supuse más dolor. En el regreso todo se convierte en zarza, / dijo Issa. / Pero yo camino extrañamente aliviado, / ni herido ni culposo, / por el cauce en cuyas altas paredes asoman raíces de sauces / (…)”
(20) “La Tormenta” apareció en Banderas detrás de la niebla, JW-PC., p. 409.
(21) José Watanabe, “Elogio del Refrenamiento”, Qué Hacer, 1999, edición en el marco del centenario de la inmigración japonesa al Perú. http://www.discovernikkei.org/en/nikkeialbum/items/2179/  El “Elogio del refrenamiento” al que hacemos referencia es un artículo que, en forma de carta, dedicó José Watanabe a su hija, Issa Watanabe.
(22) “La impureza” apareció en El huso de la palabra, JW-PC., p. 112
(23) “Última noticia” apareció en El huso de la palabra, JW-PC., p. 406
(24) “El Maestro de Kung Fu” apareció en Cosas del cuerpo, JW-PC., p. 210
(25) “Jardín Japonés” apareció en La piedra alada, JW-PC., p. 345
(26) “Los amantes. (Grabado erótico de Hokusai)” apareció en Banderas detrás de la niebla, JW-PC., p. 431.